¿Año nuevo?

Todo fin de año responde a un rito de pasaje que nos ayuda a sentirnos en movimiento. La necesidad del tiempo. Su peso inevitable. Pero eso no implica que las cosas, por sí mismas, avancen. Muchas veces estos ritos funcionan como una proyección de la imaginación: nos interpelan a dar un paso, a trazar una frontera simbólica que —aunque ficticia— nos habilita a decir “ahora sí”.

Este cambio de calendario me encuentra, sin embargo, en un continuum sin término a la vista, como parte de una secuencia de hechos que todavía no cierran. Esta vez no hay un antes y un después nítidos, ni finales ni comienzos claros. El año se arrastra como un letargo, y el inicio del nuevo aflora más bien como su obstinación. Uno quisiera mirar hacia afuera, a este mundo vasto y enorme en el que vivimos, para encontrar algo de respiro. Pero la desesperanza que se filtra en la violencia inacabable y la proliferación de modelos de “vida” tan nocivos no ofrece demasiado amparo.

El 2025 irrumpió como un mazazo de realidad: derrumbó de un golpe varios castillos que creí de piedra o ladrillo y que resultaron ser de papel manteca. Fue un año que pasó volando, no por su brevedad ni por su velocidad, sino porque los acontecimientos que lo marcaron se perpetuaron en su intensidad. Como cuando cae la lluvia y se forman ondas concéntricas que se expanden, se superponen, se enredan: así este ciclo que se estira, insiste, no termina de soltar. “Este año ha sido una, tras otra, tras otra, sin darte descanso”, me dijeron al escuchar mis reclamos.

No quiero asumir la pose del pesimista irónico. Prefiero ser honesto con mi propia realidad y con su vacilación inevitable. También eso es un acto de humanidad, de confianza, incluso de promesa delante de la frontera del lapso: reconocer la fragilidad, alojar la perplejidad, sabernos extraviados entre preguntas, muy lejos del relato barato de la autosuperación meritocrática. Sí, este año fue muy difícil. Así me tocó, y no encuentro sentido en disimularlo. Muchas veces —quizás la mayoría— pude cerrar ciclos con agradecimiento, apertura, acogida, confianza plena. Esta vez no. Recibo el 2026 con cansancio, con agotamiento, con cierta decepción que no necesito maquillar.

Extiendo los brazos, tímidamente, hacia este paisaje que se disfraza de “nuevo”, abrazando una humanidad plena y honesta: con sus incertidumbres, sus titubeos, sus extenuaciones. Cambio las palabras de una esperanza impostada por algo más mínimo y más real: el gesto de soltar un suspiro al viento, en medio del silencio. Y al menos allí, en ese sollozo suave del acto de respirar, encontrar lo más elemental que me mantiene presente y sobre lo que todavía me sostengo para seguir. En el mundo que hoy nos recibe, no creo que sea poca cosa. Es otra manera de definir «fe».

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