
Pasa un año más y, en el marco de estas Pascuas, se impone casi inevitablemente una lectura del presente desde el dolor que atraviesa nuestro tiempo. Un sufrimiento que ya no sorprende por su existencia, sino por su persistencia y su normalización. En ese contexto, emerge una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿quién es ese “dios” al que tantos invocan como fundamento último de discursos y acciones que deshumanizan? ¿Quién es ese dios que se proclama cercano mientras, en su nombre, se legitima la violencia y se derrama sangre inocente?
El problema no se agota en la instrumentalización de la fe por parte de los sectores de poder, aunque ciertamente la incluye. El núcleo de la cuestión radica en una determinada configuración de lo divino: una imagen profundamente moralizada que instala la idea de distancia como condición estructural de la relación entre Dios y la humanidad. Desde esta perspectiva, la cruz deja de ser signo de encuentro para convertirse en marcador de separación.
Sin embargo, una lectura más honda —y, a la vez, más fiel al núcleo del mensaje pascual— permite comprender la cruz como el acontecimiento en el que lo divino no se afirma en la lejanía, sino que se despliega en la cercanía radical. No como instancia que exige ser alcanzada, sino como presencia que irrumpe y desarma toda lógica de distancia. La rotura del velo del templo (Mateo 27,51) no es un detalle narrativo, sino una clave hermenéutica: ya no hay separación que sostener.
En la vida cotidiana, esta lógica de distancia se filtra en expresiones aparentemente inofensivas: “volver a Dios”, “alejarse”, “perderse”. En ellas subyace una concepción en la que el acceso a lo divino queda mediado por la culpa, el deber y el cumplimiento normativo. Así, la experiencia espiritual se reduce a un movimiento de compensación, donde el sujeto intenta “acortar” una distancia previamente establecida. Esta matriz no solo empobrece la vivencia de la fe, sino que configura subjetividades funcionales a esquemas de control.
No resulta casual, entonces, que esa misma imagen de dios —construida a escala de nuestras propias lógicas— sea capaz de legitimar dinámicas de exclusión, violencia y dominación. Se trata de un “dios” que no incomoda al poder, sino que lo refuerza; que no interpela la crueldad, sino que, en su versión más extrema, la justifica. De allí su presencia recurrente en los relatos que sostienen guerras, genocidios y la progresiva banalización del sufrimiento convertida en espectáculo.
Frente a este horizonte, la cruz irrumpe como una inversión radical de sentido. No como símbolo de una diferencia ontológica que separa, sino como acontecimiento en el que lo divino asume la condición humana en toda su densidad, incluso en su límite. La encarnación llevada hasta la cruz no marca distancia: la anula. Y en ese gesto, la humanidad no es degradada, sino afirmada y dignificada.
Desde aquí se abren, al menos, dos modos de comprensión. Uno, que insiste en leer la cruz como dispositivo de demarcación: una frontera que establece quién queda dentro y quién fuera, bajo la lógica del mérito y la obediencia. Otro, que la reconoce como signo de una cercanía sin reservas, donde la inclusión no depende del cumplimiento, sino que se funda en un Amor que no establece condiciones.
En esta segunda clave, la plenitud humana deja de ser percibida como amenaza o exceso, y pasa a ser comprendida como fundamento. No algo que deba ser contenido, sino el punto de partida para la construcción de un mundo verdaderamente habitable: más justo, más pleno, más humano.
Ahora bien, esta comprensión no implica la disolución de toda diferencia. Hay, efectivamente, una frontera. Pero no se traza entre Dios y la humanidad en cuanto tal, ni entre unos seres humanos y otros desde criterios de pertenencia o mérito. La línea se dibuja allí donde la plenitud de la vida —en su dimensión de justicia y dignidad— es negada.
Se trata de una diferencia que no excluye a la humanidad, sino que confronta aquello que la deshumaniza: el egoísmo que clausura al otro, la lógica que justifica la exclusión, las estructuras que niegan la vida en nombre de sí mismas. En este sentido, el Amor radical no es indiferente ni neutral; por el contrario, toma partido. Y al hacerlo, deja fuera no a personas, sino a todo aquello que pretende negar, reducir o violentar la plenitud a la que están llamadas.
Se trata, en el fondo, de uno de los núcleos más elementales de la fe. Y, sin embargo, también de uno de los más persistentemente malinterpretados.
Que en estas Pascuas la cruz pueda ser recuperada en su sentido más originario: como el signo del abrazo irrestricto de lo divino a la humanidad entera. Que sea el Amor —y no las formas religiosas capturadas por lógicas de poder, ni las morales utilizadas como dispositivos de control— el que configure el horizonte desde el cual pensar y habitar un mundo que, aún hoy, sigue siendo sistemáticamente crucificado.
NP – 4 de abril, 2026

