Navidad 2025

Navidad es la memoria de un nacimiento,

el descenso de lo divino desde las alturas del poder,

un aura que la infamia humana le adjudicó,

como si Dios necesitara coronas, tronos

o la exageración de un mito que jamás existió.

Es la revelación —en un gesto incomprensible de entrega—

de que el poder verdadero no domina ni aplasta:

circula en los márgenes,

habita entre los ultrajados,

los marcados por el desprecio,

los cansados de una religiosidad vacía y ruidosa.

Ese descenso acontece entre las ruinas de un imperio,

en lo que fue llamado desecho, enfermedad, basura;

allí donde lo sagrado nace sin ornamentos

y estalla en medio del hedor de la bosta,

como un olor incómodo que quiebra

la hipocresía del perfume soberano.

Hoy la Navidad se gesta en medio de las ruinas de la guerra,

de la sangre cuajada sobre la tierra seca,

en los escombros de Gaza,

en las ruinas persistentes de Ucrania,

en los desiertos magullados de Sudán.

Se gesta también frente a la egolatría perversa

de los nuevos reyes del mundo,

aplaudidos en nombre de ficciones pulcras:

libertad, justicia, progreso, civilización.

Hablar de Navidad, de comienzos,

es insistir —una vez más—

en medio de esta historia cansada que nos atraviesa,

en el valor divino de lo elemental,

de aquello que nos da origen:

el amor a la humanidad como don sagrado.

Un amor que se nos ofrece en el rostro de un niño,

cuya esperanza no es cálculo ni teoría,

sino expectativa desnuda,

posibilidad infinita e irrenunciable.

Un gesto que nos supera y, sin embargo, nos habita;

que nos une, nos revela, nos devuelve el sentido

y abre horizonte.

NP – Santiago, 24 de diciembre de 2025

Imagen: PMA/Ali Jadallah/Naciones Unidas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *